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Oraciones Obligatorias

Las oraciones obligatorias diarias reveladas son tres. El creyente está completamente libre para escoger cualquiera de estas tres oraciones, pero está obligado a recitar una de ellas y de acuerdo con todas las indicaciones específicas que las acompañan.

Por "mañana", "mediodía" y "atardecer", al mencionarse en relación con las Oraciones Obligatorias, se designan respectivamente los intervalos que median entre la salida del sol y el mediodía, entre el mediodía y la puesta del sol, y desde la puesta del sol hasta dos horas después de ella.

 

ORACIÓN OBLIGATORIA CORTA

Debe ser recitada una vez cada veinticuatro horas, entre el mediodía y la puesta del sol.

Soy testigo, oh mi Dios, de que Tú me has creado para conocerte y adorarte. Soy testigo en este momento de mi impotencia y tu poder, de mi pobreza y tu riqueza.

No hay otro Dios más que Tú, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo.

Bahá'u'lláh

 

 

ORACIÓN OBLIGATORIA MEDIANA

Para recitar diariamente: por la mañana, al mediodía y al atardecer.

Quien desee orar, debe lavarse las manos y decir mientras se las lava:

Fortalece mi mano, oh mi Dios, para que se aferre a tu Libro con tal firmeza que las huestes del mundo no tengan poder sobre ella. Cuídala entonces para que no se ocupe en aquello que no le sea propio.

Tú eres verdaderamente el Todopoderoso, el Omnipotente.

Y mientras se lava la cara debe decir:

He vuelto mi rostro hacia Ti, oh mi Señor. Ilumínalo con la luz de tu semblante. Proté

gelo, pues, para que no se vuelva hacia otro sino hacia Ti.

Luego poniéndose de pie en dirección al Qiblih -punto de adoración en Bahjí, 'Akká- debe decir:

Dios atestigua que no hay Dios sino Él. Suyos son los reinos de la Revelación y de la Creación. Él en verdad ha manifestado a Aquel quien es la Aurora de la Revelación, quien conversó en el Sinaí, por medio de quien ha brillado el Supremo Horizonte y ha hablado el Árbol del Loto, más allá del cual no hay paso, por medio de quien ha sido proclamado a todos los que están en el cielo y en la tierra el llamamiento: "¡He aquí: el que todo lo posee ha llegado! La tierra y el cielo, la gloria y el dominio son de Dios, Señor de todos los hombres y Poseedor del Trono de lo alto y de la tierra".

Luego, inclinándose y con las manos sobre las rodillas, debe decir:

¡Exaltado eres Tú por encima de mi alabanza y la alabanza de cualquier otro aparte de mí, por encima de mi descripción y la descripción de todos los que están en el cielo y todos los que están en la tierra!

Luego, de pie y con las manos abiertas y las palmas frente al rostro, debe decir:

No decepciones, oh mi Dios, a quien con dedos suplicantes se ha aferrado al borde de tu misericordia y de tu gracia. ¡Oh Tú que, entre aquellos que muestran misericordia, eres el más Misericordioso!

Luego sentándose debe decir:

Soy testigo de tu unidad y tu unicidad y de que Tú eres Dios y no hay Dios sino Tú. Verdaderamente Tú has revelado tu Causa, cumplido tu Convenio y has abierto de par en par la puerta de tu gracia a todos los que habitan en el cielo y en la tierra. Bendición y paz, parabienes y gloria sean para tus amados, a quienes ni los cambios ni azares del mundo les han impedido volverse hacia Ti, quienes han dado todo con la esperanza de obtener aquello que hay junto a Ti. Tú eres en verdad el que siempre perdona, el Todo Generoso.

Si alguien desea recitar en vez del verso largo las siguientes palabras: "Dios atestigua que no hay Dios sino Él, el que ayuda en el peligro, el que subsiste por Sí mismo", sería suficiente. Bastaría también, si al estar sentado decide recitar estas palabras: "Soy testigo de tu unidad y unicidad, de que Tú eres Dios y no hay Dios sino Tú".

Bahá'u'lláh

 

 

ORACIÓN OBLIGATORIA LARGA

Para ser recitada una vez cada veinticuatro horas.

Quien desee recitar esta oración debe ponerse de pie, dirigiéndose a Dios y permaneciendo en su lugar debe mirar a derecha e izquierda, como si esperase la misericordia de su Señor, el Compasivo. Luego debe decir:

¡Oh Tú que eres el Señor de todos los nombres y el Hacedor de los cielos! Te suplico por Aquellos que son las auroras de tu invisible Esencia, la más Exaltada, la Todo Gloriosa, que hagas de mi oración un fuego que consuma los velos que me han apartado de tu belleza y una luz que me conduzca hacia el océano de tu presencia.

Luego, levantando las manos en súplica hacia Dios, bendito y exaltado sea, debe decir:

¡Oh Tú, Deseo del mundo y Amado de las naciones! Tú me ves volviéndome hacia Ti, libre de todo apego a otro que no seas Tú y aferrándome a tu cordón, por cuyo movimiento ha sido conmovida toda la creación. Soy tu siervo, oh mi Señor, y el hijo de tu siervo. Heme aquí decidido a hacer tu voluntad y tu deseo, no anhelando nada más que tu complacencia. Te imploro, por el océano de tu misericordia y el sol de tu gracia, que procedas con tu siervo de acuerdo con tu voluntad y deseo. ¡Por tu poder, que está por encima de toda mención y alabanza! Todo lo que sea revelado por Ti es el deseo de mi corazón y lo amado por mi alma. ¡Oh Dios, mi Dios! No consideres mis esperanzas ni mis actos; antes bien, considera tu voluntad, que ha abarcado los cielos y la tierra. ¡Por tu Nombre Más Grande, oh Tú Señor de todas las naciones! He deseado sólo lo que Tú deseaste y amo sólo lo que Tú amas.

Luego, arrodillándose e inclinando la frente hasta el suelo, debe decir:

Exaltado eres sobre la descripción de cualquiera que no seas Tú y la comprensión de alguien fuera de Ti mismo.

Luego poniéndose de pie debe decir:

Haz de mi oración, oh mi Señor, una fuente de aguas vivas, con las cuales pueda vivir tanto como dure tu soberanía y hacer mención de Ti en cada mundo de tus mundos.

Levantando nuevamente las manos en señal de súplica debe decir:

¡Oh Tú, por cuya separación los corazones y las almas se han consumido y por el fuego de cuyo amor todo el mundo se ha inflamado! Te imploro por tu Nombre, por medio del cual Tú has subyugado a la creación entera, que no me prives de lo que hay junto a Ti, oh Tú que reinas sobre todos los hombres. Tú ves, oh mi Señor, a este extraño apresurándose hacia su más exaltado hogar, bajo el dosel de tu majestad y dentro de los recintos de tu merced; a este transgresor anhelando el océano de tu perdón; a este ser humilde ansiando la corte de tu gloria; y a esta pobre criatura buscando el oriente de tu riqueza. Tuya es la autoridad para ordenar todo lo que sea tu voluntad. Atestiguo que Tú debes ser alabado por tus hechos, obedecido en tus mandatos y permanecer libre en tus órdenes.

Entonces debe levantar las manos y repetir tres veces el Nombre Más Grande1. Y luego debe decir ante Dios, bendito y exaltado sea, inclinándose con las manos sobre las rodillas:

Tú ves, oh mi Dios, cómo mi espíritu ha sido conmovido dentro de mis extremidades y miembros, en su ansia de adorarte y ensalzarte; cómo da testimonio de lo que la Lengua de tu Mandamiento ha atestiguado en el reino de tu Palabra y en el cielo de tu conocimiento. Cuánto anhelo pedirte en este estado, oh mi Señor, todo lo que Tú posees, para demostrar mi pobreza y magnificar tu generosidad y tus riquezas, para declarar mi impotencia y manifestar tu fuerza y tu poder.

Luego debe ponerse de pie, levantar las manos dos veces en actitud de súplica y decir:

No hay Dios sino Tú, el Todopoderoso, el Todo Generoso. No hay Dios sino Tú, el que ordena tanto en el principio como en el fin. ¡Oh Dios, mi Dios! Tu perdón me ha alentado y tu misericordia me ha fortalecido; tu llamamiento me ha despertado y tu gracia me ha levantado y me ha conducido hacia Ti. Por lo demás ¿quién soy yo para atreverme a permanecer ante la puerta de la ciudad de tu cercanía o fijar mi rostro en las luces que brillan en el cielo de tu voluntad? Tú ves, oh mi Señor, a esta desgraciada criatura llamando a la puerta de tu gracia y a esta alma efímera anhelando el río de vida eterna de manos de tu generosidad. Tuyo es el mando en todo tiempo, oh Tú que eres el Señor de todos los nombres, y mía es la resignación y voluntaria sumisión a tu voluntad, oh Creador de los cielos.

Luego, levantando las manos tres veces, debe decir:

¡Dios es el Más Grande de todos los grandes!

Luego, arrodillándose e inclinando la frente hasta el suelo, debe decir:

Demasiado elevado eres Tú para que la alabanza de aquellos que están cerca de Ti ascienda al cielo de tu cercanía o para que los pájaros de los corazones de quienes están consagrados a Ti alcancen la entrada de tu puerta. Atestiguo que Tú has sido santificado más allá de todo atributo y consagrado por encima de todo nombre. No hay Dios sino Tú, el Más Exaltado, el Todo Glorioso.

Luego sentándose debe decir:

Atestiguo lo que han atestiguado todas las cosas creadas, la Compañía de lo Alto, los moradores del más alto Paraíso y más allá de ellos la misma Lengua de Grandeza, desde el Horizonte todo glorioso: que Tú eres Dios, que no hay Dios sino Tú y que Aquel quien ha sido manifestado es el Misterio Oculto, el Símbolo Atesorado, por cuyo medio se han unido y enlazado las letras de SÉ. Atestiguo que es Aquel cuyo nombre ha sido señalado por la Pluma del Altísimo y quien ha sido mencionado en los Libros de Dios, el Señor del Trono de lo alto y de la tierra.

Luego irguiéndose debe decir:

¡Oh Señor de toda la existencia y Poseedor de todo lo visible e invisible! Tú percibes mis lágrimas y los suspiros que profiero; oyes mi gemido, mi sollozo y el lamento de mi corazón. ¡Por tu poder! Mis transgresiones me han impedido acercarme a Ti y mis pecados me han mantenido lejos de la corte de tu santidad. Tu amor, oh mi Señor, me ha enriquecido; la separación de Ti me ha destruído y el alejamiento de Ti me ha consumido. Te suplico, por tus pasos en este desierto y por las palabras "Aquí estoy, aquí estoy" que tus Elegidos han pronunciado en esta inmensidad, por los alientos de tu Revelación y las suaves brisas del amanecer de tu Manifestación, que ordenes pueda yo contemplar tu belleza y observar todo lo que está en tu Libro.

Luego debe repetir el Nombre Más Grande tres veces e inclinándose con las manos sobre las rodillas debe decir:

Alabado seas Tú, oh mi Dios, que me has ayudado a recordarte y alabarte, me has hecho conocer a Aquel que es la Aurora de tus signos e inclinarme ante tu Señorío, humillarme ante tu Deidad y reconocer lo que ha sido pronunciado por la Lengua de tu grandeza.

Luego levantándose debe decir:

¡Oh Dios, mi Dios! Mi espalda está inclinada por la carga de mis pecados y mi negligencia me ha destruído. Cada vez que pienso en mis malos actos y tu benevolencia, mi corazón se consume dentro de mí y mi sangre hierve en mis venas. ¡Por tu belleza, oh Tú el Deseo del mundo! Me ruborizo al levantar mi rostro hacia Ti y mis manos anhelantes se avergüenzan de extenderse hacia el cielo de tu generosidad. Tú ves, oh mi Dios, cómo mis lágrimas me impiden recordarte y ensalzar tus virtudes, ¡oh Tú Señor del trono de lo alto y de la tierra! Te imploro por los signos de tu reino y los misterios de tu dominio que procedas con tus amados como sea propio de tu generosidad, ¡oh Señor de todo lo existente!, y sea digno de tu gracia, ¡oh Rey de lo visible y lo invisible!

Luego debe repetir el Nombre Más Grande tres veces y arrodillándose con la frente hasta el suelo decir:

Alabado seas, oh nuestro Dios, ya que Tú nos has enviado aquello que nos acerca a Ti y nos provees con todo lo bueno enviado por Ti en tus Libros y tus Escrituras. Te suplicamos, oh mi Señor, que nos protejas de las huestes de vanas fantasías y ociosas imaginaciones. Tú en verdad eres el Poderoso, el Omnisciente.

Luego, levantando la cabeza y sentándose, debe decir:

Atestiguo, oh mi Dios, aquello que tus Elegidos han atestiguado. Y reconozco lo que los moradores del más alto Paraíso y aquellos que han circulado alrededor de tu poderoso trono han reconocido: ¡Los reinos de la tierra y del cielo son tuyos, oh Señor de los mundos!

Bahá'u'lláh

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1 Alláh'u'Abhá.